Insignificante

Y, de repente, algo cae sobre ti y toda tu vitalidad se esfuma en un abrir y cerrar de ojos. Estás triste, profundamente triste. No puedes sonreír, lo intentas, pero nada te provoca una sonrisa, es como si no supieras hacerlo, es como si llevases toda una vida sin sonreír y ya no recuerdas cómo se hacía. Te cuesta, y desistes. Porque, al fin y al cabo, ni siquiera tienes motivos para sonreír.

Estas triste pero tampoco tienes ganas de llorar, esa tristeza te ha vaciado, nada se mueve dentro de ti. No hay nada peor que estar triste y no poder romper a llorar; porque, seguramente, también se te ha olvidado cómo se hacía.

Franz

cara

Franz estudia primero de Derecho. Por las mañanas va a la facultad, por las tardes acude a la biblioteca a estudiar durante un rato y por las noches, después de cenar, se encierra en su habitación hasta pasada la media noche.

Franz estudia en una de las universidades más prestigiosas del país. Sus padres están haciendo un sacrificio sobrehumano para poder permitir que su hijo se gradúe en esa universidad, pero hace ya unos meses que Franz devuelve los cheques que sus padres le envían para poder pagar sus gastos de vivienda, alimentación y libros.

El apartamento de Oskar

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Oskar vive en un luminoso apartamento de 43 metros cuadrados en las afueras de Estocolmo (acaba de mudarse), aunque la mayor parte del tiempo –sin contar el tiempo que pasa durmiendo- lo pasa en el pequeño balcón, siempre y cuando el caprichoso sol del verano sueco lo permita.

El balcón mira al sur, de modo que es todo un placer desayunar -una buena taza de té rojo y unas rebanadas de pan tostado con mermelada de manzana- al aire libre mientras los tímidos rayos de sol del final del verano acarician tu cara. Eso sí, en cualquier momento las nubes pueden hacer acto de presencia y recordarte con unas suaves gotas de lluvia y una fresca brisa que el verano está llegando a su fin, a pesar de ser 27 de agosto.

Las reinas de antaño según los cánones de belleza de hoy

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Si echamos un ojo a los retratos de las reinas que un día gobernaron en Europa, en seguida nos llama la atención lo limpios que están sus rostros. Acostumbrados a las celebridades de las revistas, súper maquilladas y súper “photoshopeadas”, estas reinas de antaño se nos antojan sosas, sin gracia en la cara e incluso feas (si, bien, algunas realmente lo eran).

Así que me he aliado con mi buen amigo Photoshop para convertir -con mucha paciencia- a algunas estas reinas inmortalizadas en oleo sobre lienzos en celebrities de hoy en día. 

Al terminar de maquillarlas, he querido dar un paso más. Si las reinas y celebridades de hoy en día pasan por el quirófano para retocarse y parecer más bellas, ¿por qué no someter al bisturí digital a las reinas de siglos pasados? Si bien es cierto que los pintores de cada época ya tendían a mostrar el lado bello de las personas retratadas (el claro ejemplo lo encontramos con Isabel II, que era un verdadero trol), está claro que aún queda mucho por hacer. Así que he tomado estos retratos y los he editado siguiendo los cánones de belleza de hoy (ya sabemos cuáles son: labios carnosos y bocas grandes, rostros afilados, pómulos marcados, narices pequeñas y bonitas, grandes pechos…), para que estas reinas parezcan salidas de un capítulo de Juego de Tronos.

¡No sigáis maltratando a los signos de puntuación!

puntuacion

¿Es que no os dais cuenta? Los estamos maltratando, los estamos arrinconando. Y sufren, ellos sufren mucho y no somos conscientes de que los necesitamos. ¡Los signos de puntuación no nos han hecho nada para que los tratemos tan mal!

La casa que no tenía libros

Me abrió la puerta y me acompañó hasta el salón. Parecía un piso nuevo, aunque el edificio ya había conocido más décadas de las que cualquiera pudiera imaginar. En busca de un lugar donde dejar mi abrigo, mis ojos realizaron un fugaz paseo por el salón. Dos segundos bastaron para darme cuenta de que ese salón era especial. Pero, ¿por qué? ¿Qué era lo que me llamó la atención? Necesité otro vistazo de dos segundos para darme cuenta: En todo el salón no había un solo libro a la vista.

Fantasías


Relato de un despegue (cuando no te gusta nada volar)

Lo confieso: no me gusta volar, me da miedo. ¿Acaso soy una cobarde? Para nada. Es solo que ascender por encima de las nubes es anti natura, algo para lo que el ser humano, en su diseño inicial y más primitivo, no está programado.

De ahí que las piernas me empiecen e flaquear según avanzo por el pasillo hacia el avión, y que el pulso se me acelere cuando me siento en mi estrecho asiento y ojeo las instrucciones de evacuación y medidas de seguridad de la aeronave sabiamente colocadas en la bandeja del respaldo delantero. ¡Qué decir de cuando la azafata comienza a explicar cómo hinchar el chaleco salvavidas, etc., etc., mientras el avión avanza lentamente, sentenciado, hacia la pista de despegue!

Cómo matar una araña sin derramar una sola gota de sangre (o lo que sea que segregan esos bichos)

En mi casa hay arañas. Arañitas. A veces salen, nos cruzamos, nos saludamos y cada una sigue su camino. No tengo inconveniente en compartir mi vida y mi intimidad con estos entrañables bichitos.

Pero el martes, a las 22:35, entro al baño a lavarme los dientes y en el reflejo del cristal veo que del plafón del techo cuelga una araña. Una gran araña con unas patas larguísimas y un cuerpo asqueroso. Así que cuando alcanzan dimensiones que empiezan a producir asquito y te ponen la carne de gallina con solo mirarlas (aunque sea por una vitrina. ¡Qué tendrán!), es mejor deshacerse de ellas para no encontrártelas de frente en espacios reducidos y a muy corta distancia.

El monstruo de debajo de mi cama

La historia que relato a continuación representa un hecho real y veraz que tuve el horror de vivir en mis propias carnes. Podéis creerlo o no, me da igual. Pero allá vosotros. (Posiblemente más de uno también se haya visto en la misma situación).

La noche del 22 al 23 de julio fue una calurosísima y a la vez tormentosa noche; posterior a la luna llena. Abrí la ventana para que entrase el fresco que trajo la tormenta y me metí en la cama con mi pijama de cerdos mutantes hacia las 23:00. Di vueltas y más vueltas, ¡qué calor! Finalmente decidí despojarme de las sábanas y dormir con mi cuerpo al descubierto, sin más protección que la luz de las farolas de la calle que se colaba por mi ventana.