Qué duro es ser guapo

Zoolander

Como todos los sábados por la mañana, bajo a la carnicería de mi barrio a hacer la compra semanal. Entro al establecimiento y el carnicero (el carnicero con más humor del mundo) me saluda como siempre:

–Egun on, Naomi Campbell!

–Epa!

–Uy, qué cara traemos… Mucha juerga, ¿no?

–La dosis exacta como para mantenerte en pie a la mañana siguiente.

–Esta juventud… ¿Qué te pongo?

–150 gramos de jamón york.

–Pues yo cuando era joven, más joven quiero decir,  solía salir de discoteca todos los sábados, no fallaba ni uno. La juventud de hoy baila poco, ¿no?

–Bueno, según quién.  A mí, por ejemplo, me encanta bailar. Ponme también 600 gramos de picadillo, mitad ternera y mitad cerdo.

–Pues nosotros solíamos acabar todos chorreando al final de la noche, no sabes. ¡No parábamos! Y además, un chico tan guapo como yo, tenía más trabajo aún, ¡porque tenía que bailar con todas las chicas que se me acercaban! Porque, ante todo, era un caballero. ¿Quieres algo más?

–Una pechuga de pollo. Fileteada, por favor.

–Yo era el tío más guapo de todo Ataun, ¡San Martín, San Gregorio y Aia! Pero qué digo, ¡era el más guapo de todo Goierri! Y normal que acabase muerto de tanto bailar.

Su ayudante le lanza una mirada de lástima e intenta contenerse la risa.

–Porque, claro, ella no sabe lo duro que es ser tan guapo. Créeme, es una gran responsabilidad.

–Sí, sí; me lo imagino…

–Te ves obligado a ser simpático con todo el mundo, porque si no, en seguida te tachan de borde, o de creído, o de vete tú a saber qué. La envidia, chica; que es muy mala…

–Sí…

–Y lo de que te miren tanto… ¡qué mal lo llevaba al principio! Todos se dan la vuelta para mirarte, porque oye, un tío tan guapo no se ve todos los días. Al principio te da corte, pero cuando te acostumbras, es una gozada. Cuando entraba a la discoteca, paraban la música y me hacían pasillo y todo. ¿Algo más?

–Sí, tres chuletas de cerdo.

–¿Y lo peor sabes qué era? Que yo era un tío súper indeciso, y ser tan guapo e indeciso, pues es un problema. Porque, claro, tienes tantas chicas detrás que no sabes con cuál quedarte. Ella –dice dirigiéndose a su compañera– lo tuvo muy fácil, “esto es lo que hay y esto es lo que me llevo”; no sabes cómo la envidio. Pero yo…

–Sí, te entiendo, es muy duro… Pobre hombre.

–Sí, muy duro. Casi me quedo soltero, oye. Pero al final me lancé. Aunque me costó lo suyo… ¿Qué más te pongo?

–Nada más, así listo.

–Muy bien. 15,46.

–Toma, justo, con toda la chatarra.

Recogo la bolsa y me dispongo a salir de la carnicería, pero justo antes de cruzar la puerta, se me ocurre preguntarle:

–Oye, y siendo tú un tío tan guapo, ¿qué haces aquí? ¿Por qué no te metiste a modelo?

–Cosas de la vida, ya ves. Había que sacar adelante el negocio familiar.

–Claro… Bueno, agur.

–Agur, bai, Noemí.

Por estas conversaciones –y por otros muchos motivos más–, me resultaría muy difícil hacerme vegetariana; al menos mientras siga viviendo en Lazkao.

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