La playa: Ese extraño espectáculo

Ir a la playa es una gozada. No solo porque es sinónimo de verano, buen tiempo y vacaciones (para los que las tienen), sino porque el mero hecho de estar sentada sobre la toalla y ver pasar a la fauna playera es todo espectáculo. Un extraño espectáculo que no te cansas de mirar.

Se dice que la muerte nos iguala a todos los seres humanos. Pues bien, en la playa también se hace justicia, porque al despojarnos de nuestras cómodas vestimentas y mostrarle al sol nuestro cuerpo, quedan al descubierto todas las debilidades que la ropa protege; y todos nos volvemos igual de vulnerables (salvo contados que merecen ser expulsados a algún lejano planeta o encerrarlos en urnas para que todos los podamos admirar eternamente).

Porque no hay dos cuerpos iguales, cada uno es singular y tiene sus propias características.

Hay cuerpos masculinos perfectamente formados que dan ganas de hincarles el diente; y mujeres con figuras tan bien hechas que ya las quisiéramos muchas… Pero sobre todo, abunda todo lo demás. La belleza y la perfección en la playa es difícil de encontrar. (No entraré a debatir qué es la perfección ni la belleza)

Lo que principalmente predomina en la playa es lo feo, lo grotesco, lo descuidado y lo desordenado. Sin ningún ánimo de ofender, ojo, pero esto es así.

Partes del cuerpo que se han pasado un año entero completamente tapadas y que la locura del salitre, la arena y el sol las ponen al descubierto en una fiesta de acontecimientos corporales cuyas diversas definiciones exceden con creces las capacidades de almacenamiento de este humilde blog.

Cuerpos níveos que se tornan aún más blancos tras la aplicación de la primera capa de protección solar. Cuerpos que brillan, no por el sudor generado por el calor, sino por todo ese pringue de aceites protectores que, seamos francos, son una humillación a la especie humana. ¿Por qué? Somos el hazmerreír de la Madre Naturaleza.

Y en el lado opuesto, están los accidentes solares: cuerpos bronceados a trozos, con marcas de bañador, cuerpos tostados, achicharrados, rosas, pelados, quemados en mosaico… Desastre.

También hay cuerpos arrugados, muy arrugados, extremadamente arrugados. Los años no perdonan, la experiencia se tatúa en la piel y grita a quienes la desprecian que algún día ellos también estarán así. Y es mirarlos y querer apartar la vista de ellos ipso facto. El futuro es terrorífico.

Y cuerpos peludos, cuerpos muy peludos; cuerpos donde a la naturaleza se le ha antojado que haya pelo en las partes más extrañas y deja calvas otras. Vello negro, vello rubio, vello rojizo, vello invisible. Rizado, liso, en tirabuzones y que adoptan las composiciones más extrañas sobre la piel… Vello. ¿Para qué?

Pies feos, pies horribles, pies cuyos dueños deberían ir a la cárcel por ir mostrando semejante atentado el cuidado personal. Mejillones asesinos, cayos infinitos, uñas amarillas, pelo al viento, deformaciones causadas por no usar buen calzado… La mayor parte del año van tapados y los ignoramos a niveles alarmantes. Pero cuando llega el verano y toca mostrarlos… mejor ni mirar.

Y paro aquí, no sigo porque esto es infinito. Pero podría seguir hablando de barrigas, pechos, peinados, bañadores, sombreros, músculos, carnes, tatuajes, perforaciones…

Somos como somos y, en la mayoría de los casos, no lo podemos cambiar. ¡Así que a lucir nuestros cuerpos con orgullo!

The show must go on!

 

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