Medianoche de un martes

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Llegó en el último tren. Salió de la estación y le sorprendió lo desierta que estaba la calle, no había gente, no había coches. Era la hora de los camiones de basura. Hacía tiempo que no se sentía tan sola en el planeta, caminando por las silenciosas calles. Llovía ligeramente, pero no abrió el paraguas, avanzó mientras las gotas de lluvia le iban humedeciendo la cara.

Al pasar por la plaza, vio que el reloj marcaba las 23:45 y por un momento se sintió como Cenicienta. Pero no, ese no había sido su gran día y tampoco un príncipe azul iría a buscarla. A mitad de camino se cruzó con un viandante despistado que volvía a casa. “¿De dónde vendrá? ¿Quién anda a estas horas por la calle un martes?”, pensó. Después sonrío. “Yo misma”.

A pesar del sirimiri, ya tenía su pelo y su ropa humedecidos. Pero le daba igual. Seguía avanzando por la larga calle, esa calle que atraviesa el pueblo de punta a punta y parece no tener fin. Pero sí, tiene fin. Justo donde la hilera de farolas que flanquean la carretera se termina y ya no se ve más allá, donde parece que el mundo llega a su fin, ahí vive ella.

De pronto un pensamiento le cruzó la cabeza rápidamente: “No son horas para que una chica joven ande sola por la calle”. Agitó la cabeza. “Chorradas”. Faltaban dos minutos para la medianoche cuando entró en casa. Todo estaba en silencio, todo estaba oscuro, pues las farolas no alcanzaban a iluminar el interior.

Se quitó la ropa mojada, se secó el pelo con una toalla y se preparó para ir a la cama. Pero no tenía ganas de dormir, aún quería sacarle más provecho al día. Miró por la ventana y vio que ya había parado de llover; se puso el abrigo encima del pijama, cogió su ordenador portátil, una bolsa de plástico y subió a la azotea del edificio. De pronto una inesperada luz llegó de alguna parte. Miró a su alrededor y vio que las nubes empezaban a disiparse para dejar al descubierto una redondísima y brillante luna. Se sentó en el bordillo de hormigón, sobre la bolsa de plástico, colocó el ordenador frente a ella y se puso a escribir. “El mundo está lleno de locos”, pensó, “me alegra pertenecer a ese club”.

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